Los Domingos

Los Domingos

Alauda Ruiz de Azúa construye en Los domingos un territorio incómodo, y precisamente ahí radica su mayor virtud.

En una época donde buscamos que todo sea claro, reconfortante y clasificable, la directora nos sitúa en un espacio de ambigüedad deliberada, llevándonos a tomar posición mientras nos debatimos en nuestras propias contradicciones. No hay respuestas fáciles, no hay lecturas univocas. Y esa incomodidad que sentimos al no entender del todo qué quiere transmitirnos, qué nos interpela exactamente con lo que nos muestra, constituye una experiencia cinematográfica – y existencial – sumamente valiosa.

La pregunta por la elección

Pero quizás la cuestión más penetrante que plantea la película es: ¿Qué significa realmente elegir? ¿Una elección es verdaderamente libre o está siempre condicionada por nuestra vulnerabilidad, por nuestro desea de encontrar un lugar en el Otro? La protagonista de Los Domingos nos enfrenta a esta pregunta sin darnos el confort de una respuesta definitiva.

Aquí resuena lo que Giorgio Agamben plantea sobre la «revocación de toda vocación». Para el filósofo italiano, la vocación no es ese llamado auténtico que nos gusta imaginar, sino más bien la respuesta fantasmática que construimos ante la demanda del Otro. En La comunidad que viene, Agamben sugiere que la verdadera potencia del ser humano no reside en realizarse según una identidad o vocación determinada, sino en mantener abierta la posibilidad de ser de otro modo, en suspender esa urgencia por definirnos.

La vocación, como señala Agamben, es muy amiga de la «identidad»: esos disfraces fálicos que nos ponemos para ser amables, reconocibles, para tener un lugar asegurado frente al Otro. «Soy madre», «soy profesional», «soy creyente»… Identidades que nos otorgan cierta estabilidad, pero que también nos cierran otras posibilidades de existencia subjetiva, reduciéndonos a formas prefabricadas que nos preceden.

La fragilidad de existir sin vocación

La protagonista atraviesa un momento de vacilación, de falta de certezas, y a raíz de una falta de sostén, de escucha para atravesarlo, busca respuestas, cobijo.

Lo que Alauda Ruiz de Azúa nos muestra con valentía es que ese momento de vacilación no es un fracaso, sino quizás el momento más honesto de una vida. El instante en que la vocación se suspende, en que las identidades tambalean, puede ser aterrador, pero también es el único momento en que algo verdaderamente nuevo puede emerger. O no emerger. La película no nos promete redención ni transformación garantizada.

La paradoja de elegir desde la vulnerabilidad

¿La protagonista elige libremente cuando busca refugio en ciertos espacios, cuando responde a ciertas ofertas de sentido? Agamben nos diría que toda vocación, toda elección identitaria, lleva en si misma la huella de la demanda del Otro. Pero quizás la pregunta más importante no sea si elegimos libre o condicionadamente – pregunta que puede ser una trampa binaria – sino si somos capaces de sostener la tensión de no saber quiénes somos, de no resolvernos prematuramente en una identidad tranquilizadora.

Los Domingos nos invita a  habitar esa tensión. No nos dice qué pensar de la protagonista, no nos facilita el juicio moral. Nos pone frente a la complejidad de una existencia que busca, que tambalea, que es vulnerable. Y al hacerlo, nos interpela en nuestras propias búsquedas de certeza, en nuestras propias vocaciones que quizás sean más de una respuesta al desamparo, al deseo de tener un lugar en el Otro.

Como psicoanalistas, sabemos bien que el trabajo más difícil no es ayudar a alguien a encontrar su «verdadera identidad», sino acompañar ese momento en que todas las identidades se revelan como lo que son: construcciones frágiles, necesarias, quizás, pero nunca definitivas. Los Domingos es una película sobre ese momento. Y por eso incómoda, interroga y vale la pena.

Ir al contenido